Tuesday, November 22, 2005

Carolina (primera parte)

Carolina se levantaba todos los días muy tempranito para ir al colegio. Solo tenía que ir a la cocina y ahí, su mamá la esperaba con su desayuno listo, su lonchera y su mochila. Siempre era lo mismo: un mixto caliente que a Carolina le encantaba y un jugo de papaya con naranja. Después de tomar desayuno le preguntaba a su mamá que qué le había mandado en la lonchera ese día y su mamá siempre le respondía lo mismo: es una sorpresa. A Carolina le encantaban las sorpresas. Después Carolina subía corriendo las escaleras de su casa para ir al baño y lavarse los dientes. Tenía un banquito para llegar al lavatorio porque todavía era muy chiquita y no alcanzaba así nomás. Su banquito era rojo y cuando se subía se sentía como una grande. Se lavaba los dientes hasta que le quedaran muy blancos; a veces le salía un poquito de sangre y su cepillo se manchaba. La primera vez que le pasó eso, Carolina se asustó y llamó a su mamá. Pero ella le explicó que tenía ensillas sensibles y que no era nada. Desde ahí nunca se asustaba. Cuando terminaba de lavarse los dientes, agarraba su escobilla y se peinaba. Le fascinaba peinarse. Su pelo era largo y ondulado. Si echaba su cabeza hacia atrás su pelo podía tocar el piso. Como había aprendido a contar hasta cien, se cepillaba cien veces el pelo hasta que no hubiera ni un solo nudito. Después bajaba las escaleras de su casa corriendo otra vez para que su mamá le pusiera los ganchitos que ese día había escogido. Justo cuando su mamá terminaba de ponerle los ganchos, llegaba su movilidad. Su mamá la acompañaba a la puerta de la camioneta y le daba un besito en la frente, Carolina nunca entendió cómo hacía su mamá para darle siempre el besito en el mismo sitio de la frente. Nunca muy abajo, ni muy arriba, ni muy a la derecha, ni muy a la izquierda. Le encantaba ese besito de todas las mañanas, después su mamá le deseaba suerte en su día y le decía que la quería mucho. Y Carolina, siempre le respondía, yo también. Una vez que la movilidad había arrancado, y como no podía de la intriga, Carolina abría su lonchera a ver qué le había mandado su mamá. Y siempre encontraba cosas ricas y pensaba en cuánto quería a su mamá y en como nunca se lo decía, siempre era, yo también. Y todos los días se proponía, que cuando llegase del colegio iba a ir corriendo dónde su mamá, le iba a dar un abrazote y le iba a decir que la quería mucho. Pero siempre se olvidaba.

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