Tuesday, November 22, 2005

Carolina (segunda parte)

Carolina, en la movilidad, no jugaba con los otros niños de cinco años como ella. Primero por que no eran sus amigos y segundo por que según ella, eran unos tontos. Ella prefería soñar. Y se quedaba mirando por la ventana durante todo el camino. Y se imaginaba las historias más insólitas, soñaba con princesas, castillos y dragones. Pero también con hadas y duendes y deseos que se cumplían. Nunca entendía por qué en todas las historias que había escuchado solo había tres deseos. En sus historias había todos los deseos que uno quisiera. Y cuando solo había tres, por que eso también podía pasar, el último deseo siempre era tener todos los deseos que uno quisiera. Cuando no se ponía a soñar, miraba. Miraba la calle y la gente. Había gente tan rara en la calle. Pero lo que más le gustaba eran los perros. Había de todos los tamaños: grandes, medianos y también chiquititos. Y de todas las razas, eran lindos. A veces soñaba que un perrito venía corriendo a la movilidad y se metía por la ventana y se volvía su perro y lo llevaba a todas partes. Otras veces se imaginaba que podía hablar con los animales, y conversaba con ellos, como si fueran personas. Cada vez que pasaba por debajo de un puente, Carolina cerraba los ojos, aguantaba la respiración con todas sus fuerzas y pedía un deseo. Ningún deseo se le cumplió nunca, o por lo menos nunca se dio cuenta. Pero nunca perdió las esperanzas, nunca. Y entonces deseaba un hermanito, o poder volar, o poder ser invisible, o hablar con los animales o millones de cosas mas que una niña de cinco años puede desear. Así se le pasaban una hora de ida y una hora de vuelta en la movilidad. Le gustaba su colegio, estaba en primero de primaria, y era de las más grandes de su patio. Además ya llevaba mochila y tenía cuadernos y le estaban enseñando a escribir y a leer. Se sentía como toda una grande y cuando pasaba por las clases de los más grandes todavía, se quedaba alucinada mirando la pizarra llena de cosas que ella no entendía pero que la maravillaban, y se moría por entenderlas, por saber. En el colegio la pasaba bien, aunque a veces los grandes la molestaban, pero su mamá le había dicho que los ignore y entonces ella hacía eso y entonces ellos dejaban de molestarla. Su mamá siempre tenía razón. Carolina era hija única y por eso a veces, se sentía muy sola, pero siempre se las arreglaba para entretenerse con algo.

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